dónde había estado, qué había sido de él,
por qué en tanto tiempo y montado en su brioso corcel no había
evolucionado el patio llenando de admiración a cuantos lo contemplaban
desde el balcón del rey. A lo cual
replicó D'Àrtagnan que llegaba de la tierra de las naranjas, arrancando
con su respuesta la risa de sus inter-
locutoras.
En aquel tiempo todo el mundo viajaba, y, no obstante, un viaje de cien leguas
era un problema resuelto
con frecuencia por la muerte.
--¿De la tierra de las naranjas? --exclamó la Tonnay--Charente.
--Ya, de España.
--¡Je! ¡je! --rió D'Artagnan.
--¿De Malta? --dijo la Montalais.
--Por mi fe que os quemáis, señoritas --repuso el gascón.
--¿Es una isla? --preguntó La Valiére.
--No quiero que os devanéis los sesos buscando, señorita; vengo
de la tierra donde en este momento se
está embarcando el señor de Beaufort para pasar a Argel.
--¿Habéis visto al ejército? --preguntaron algunas camareras
belicosas.
--Como os veo a vosotras --replicó D'Artagnan.
--¿Hay algunos amigos nuestros por allá? --dijo con frialdad la
Tonnay--Charente, pero con la inten-
ción visible de llamar la atención sobre sus calculadas palabras.
--Sí --respondió D'Artagnan, --vi a los señores de La Guillotiere,
de Mouchy y de Bragelonne.
La Valiére palideció.
--¿El señor de Bragelonne? ¡Cómo! ¿el vizconde
ha partido para la guerra? --exclamó la pérfida Atana-
sia sin hacer caso de los pisotones que le daba la Montalais. Y dirigiéndose
a D'Artagnan, prosiguió despia-
dadamente: --Yo tengo la idea de que todos los que van a esa guerra son desesperados
a quienes ha maltra-
tado el amor, y van a buscar negras, menos crueles que las blancas.
Algunas damas se rieron, La Valiére perdió su serenidad, y la
Montalais tosió fuertemente.
--En cuanto a las mujeres de Djidgeli, --replicó D'Artagnan, --no estáis
en lo cierto, señorita; no son
negras, pero tampoco blancas, sino amarillas.
--¡Amarillas!
--No digáis mal de ellas: en mi vida nunca he visto un color que case
más admirablemente con unos ojos
negros y unos labios de coral.
--Mejor para el señor de Bragelonne --repuso Atanasia con insistencia;
--así se desquitará el pobre.
A estas palabras siguió el más profundo silencio, silencio durante
el cual el gascón tuvo tiempo de re-
flexionar que las palomas sin hiel a que llamamos mujeres, se tratan entre sí
más sañudamente que los ti-
gres y los osos.
Para Atanasia no era bastante haber hecho palidecer a Luisa; quiso también
sacarla los colores al rostro.
Así pues, dijo: --¿Sabéis que pesa un gran pecado sobre
vuestra conciencia, Luisa?
--¿Qué pecado? --balbuceó la infortunada, mientras buscaba
en vano en torno de sí un apoyo.
--¡Qué caramba! el vizconde no dejaba de ser vuestro prometido.
El pobre os amaba y vos le disteis ca-
labazas.
--Es un derecho que tiene toda mujer honrada --replicó Aura con además
de arrogancia. --Cuando una
sabe que no puede labrar la ventura de un hombre, lo mejor es repelerlo.
Luisa no supo comprender si debía quedar agraviada o agradecida a la
que tomó su defensa.
--¡Repeler! ¡repeler! está bien --arguyó Atanasia,
--pero no es este el pecado que La Valiére tendría
que echarse en cara. El verdadero pecado está en haber enviado al pobre
Bragelonne a la guerra; a la guerra
donde uno encuentra la muerte.
Luisa se pasó la mano por su helada frente.
--Y si muere --continuó la implacable Atanasia, --vos le habréis
dado la muerte; ahí el pecado.
La Valiére, medio muerta, se acercó tambaleándose a D'Artagnan,
en cuyo rostro se veía una emoción
inusitada, y apoyándose en su brazo, le dijo con voz turbada por la cólera
y el dolor:
--¿Qué tenéis que decirme?
--Lo que tenía que deciros --respondió el mosquetero luego que
hubo conducido a Luisa a bastante dis-
tancia de los demás, --acaba de manifestárselo por entero, aunque
brutalmente, la señorita Atanasia.
Luisa lanzó un mal reprimido ay, y lastimada por aquella nueva herida,
echó a correr como los pajarillos
heridos de muerte, que buscan la sombra para exhalar el postrer aliento, y desapareció
por una puerta en el
instante en que el rey entraba por otra.
Luis dirigió su primera mirada al sitio vacío de su amante, y
al no verla frunció el ceño; pero al punto ad-
virtió la presencia de D'Artagnan, que le hacía una profunda reverencia.
--Diligente habéis sido, y estoy satisfecho de vos --dijo el monarca
al mosquetero.
Esta era la expresión superlativa de satisfacción real, y para
ser objeto de ella muchos debían hacerse ma-
tar.
Camaradas y cortesanos, que habían formado un respetuoso círculo
